domingo, 11 de mayo de 2008

CAPÍTULO XVI: EL RETO DEL DESTINO

(En capítulos anteriores: La muerte de Marina ha llevado a su hermana Eva a impulsar la investigación sobre la identidad del asesino. Pide a Eduardo que indague con Ignacio sobre el profesor del master y ella se cita con Román para acudir a la fábrica de flores, donde las reuniones de la secta continúan con una muy preocupada Natalia, quien transmite a Chiqui Esteban su inquietud. Mientras, Corrales y Alejandra son expedientados por su desliz en la comisaría. Marta logra encontrarles pero, tras amenazarles con una pistola, es Alejandro quien aparece y dispara contra el policía fotógrafo…)

"Si lees esta carta es que alguien me retiene o, peor aún, ya estoy muerta. No sufras por ello. Encargué a esta empresa de mensajería enviarte este día y a esta hora este paquete. Yo misma hubiese anulado el envío pero, si estás leyendo esta carta, insisto, es que algo grave me lo ha impedido. Es muy importante que leas con atención las instrucciones que te resumo aquí. Para tu seguridad y para la de mi hijo. Siento haberte dejado una carga tan grande. No era mi intención pero, ahora mismo, no veo mejor persona para hacerse cargo de Pedrito. Creo que tú le ayudarás mucho. Y, de alguna forma, él también te ayudará a ti, que sé que lo necesitas. Junto a esta carta, verás que en la caja hay dos flores, dos rosas rojas. Es hora de que te desvele algo que muy poca gente sabe…"
Entre lágrimas, Ignacio terminó de leer la carta que acompañaba al paquete enviado por Jimena. Al llegar al final la cerró con suavidad, la guardó en un cajón de la cocina y después se marchó junto a la cuna. Cogió al niño y lo abrazó con fuerza. No podía evitar una honda preocupación y una inquietud tan grande que casi le dolía.

Corrales tenía los ojos cerrados. Estaba muerto. Alejandra lo sentía así aunque una máquina de sonidos intermitentes le decía lo contrario. El policía parecía inerte al otro lado de la cristalera. Los médicos le habían colocado en la misma unidad que a Carmen. Él, en primer plano. Ella, al fondo.
- Dos muestras de mi fracaso – se atrevió a admitir en voz alta.
- ¿Puedo utilizar esa frase como titular? – Libertad sorprendió a Alejandra, quien se creía sola en el pasillo del hospital.
- ¿Quién es usted?
- Redactora de El madrugador, para servirla. A lo mejor se acuerda de mí como integrante de la plantilla de La verdad. Es que he sufrido algunos cambios en los últimos días. Me interrogó usted porque yo estuve en la fiesta donde murió Marina.
- Ya me acuerdo. Usted era la que bailaba como una posesa.
- Y usted la comisaria a la que se le acumulan los fiambres. En fin, todos tenemos puntos negros en nuestro historial…
- No soporto a los periodistas. No pienso decirle ni una palabra…
- Comisaria, su reputación está por los suelos. La llaman la Martes y 13. Otros la han rebautizado como la Jessica Fletcher de la ciudad, donde está usted, hay un crimen. O, bueno, cinco crímenes. Creo que le vendría bien un lavado de imagen.
- Sinceramente, me queda bastante poco tiempo por aquí. Como bien ha publicado, he sido expedientada y seré trasladada en unas semanas.
- Yo puedo hacer que usted se vaya con la cabeza muy alta. He investigado y este crimen está muy relacionado con gente que trabaja muy cerca de mí. Podría ayudarle a encauzar el caso y, con ello, darle un buen corte de mangas a los que nunca han creído en usted.
- ¿Y usted qué gana con eso?
- Un reportaje en exclusiva y un cargo de directora en el periódico.
Alejandra la miró resignada.
- Me dirá todo lo que sabe.
- Por supuesto. Pero antes tengo que llevarme algún dato de aquí. ¿Cómo está ese? – preguntó señalando a Corrales.
- En coma. Igual que la otra. Y los médicos los han puesto juntos.
- Como si fueran dos muestras de su fracaso… - añadió Libertad apuntando en su libreta.

Marta cayó violentamente sobre unos arbustos y sintió que aquel oscuro descampado sería el lugar que la vería morir. Alejandro le apuntaba con una de sus pistolas. El hombre había arrastrado a la chica desde La salamanquesa hasta aquel solar, después de disparar contra Corrales, al que creyó matar. Durante un buen rato estuvieron caminando. Después la metió en el maletero del coche y condujo varios kilómetros. En el camino Marta intentó escapar varias veces sin éxito. Cuando el vehículo se detuvo pensó que su final se acercaba y, al verse tirada allí, entre matorrales, lo tuvo más claro.
- Di tus últimas palabras.
- Sólo puedo decirte que me alegro de que hayas matado a ese cabrón.
- Te recuerdo que fue el hombre con el que me engañaste.
- Pero yo te quería a ti. Para mí sólo fue un entretenimiento – mintió.
Alejandro no se lo tomó a bien y retiró el seguro del arma.
- De mí no se ríe ninguna mujer.
- No me río de ti. Sólo quiero que todo vuelva a ser como al principio. Cuando tú me querías…
- Yo siempre te he querido.
- ¿Y por qué me quieres matar? ¿Y por qué me pegas?
- Porque quiero que seas mejor. Quiero que seas como yo siempre he soñado. Una buena mujer, que me dé un hijo y formemos una familia en condiciones.
- Podemos tener eso juntos. Y no tenemos que esperar. Mi hermana tuvo un niño antes de morir. Y sé quién lo puede tener – recordó la última confesión de Corrales sobre lo que había descubierto de Ignacio y su reciente visita al pediatra.
- ¿Y qué me importa a mí ese niño?
- Será nuestro bebé. Lo criaremos juntos y formaremos esa familia que siempre soñaste.
Alejandro siguió apuntando a Marta con la pistola. Pero, tras pensárselo mucho, la bajó y estiró la mano para levantar a la chica. Ella se abrazó a él ilusionada pero cuando la mirada del hombre se perdió de la de él, su gesto se volvió agrio.

Eva buscó entre los coches.
- ¿Román? ¿Román? – preguntó en voz baja y temerosa.
Sentía escalofríos al verse en el polígono industrial tan solitario y oscuro. El fotógrafo salió de un vehículo, apareció por detrás y la sorprendió con un abrazo inesperado.
- ¡Aquí me tienes, nena! Todo para ti.
- Eres imbécil. Me ha asustado.
- No pretendía.
- ¿Qué haces así vestido?
- ¿Qué le pasa a mi chándal? Siempre lo llevo para las aventuras peligrosas. Y ésta es una de ellas.
- Venimos a registrar una fábrica de flores no a correr la maratón de Nueva York.
- Me gusta que critiques mi ropa. Eso quiere decir que te preocupas por mí.
- Eso quiere decir que dañas la estética. Dejémonos de tonterías y entremos.
Eva comenzó a caminar pero Román la detuvo.
- No, tú te quedas aquí. Ya sabemos lo que le pasó a Carmen la otra vez. Y no voy a permitir que eso te suceda a ti.
- Vale, ya has cumplido con tu discurso de machito valiente y ahora los dos entramos ahí dentro.
- No lo entiendes. Es por seguridad. No sabemos lo que hay dentro. Yo llevaré mi móvil. Te llamaré cada cinco minutos. En el momento en que deje de hacerlo, llama a la policía. Mientras, espera en mi coche.
- ¿Y por qué no entro yo?
- Porque yo llevo chándal y tú te has puesto el vestido de licra del cotillón de hace dos años. Si alguien tiene que correr, es mejor que sea yo.
Eva iba a hablar pero decidió callarse. Román le dio un beso en la mejilla y se alejó. Allí, tan sola, no pudo evitar sentir un escalofrío.

Laura llegó a casa. La mansión parecía vacía pero ella llegó dispuesta a plantearle todas las interrogantes que le surgían sobre la flor que le había entregado, ahora que sabía que Marina le había dado una a Eva, exactamente igual a la que ella tenía.
- Anacleto.
- Sí, señorita, ya tiene preparado el cóctel en su dormitorio.
- ¿Y mi padre?
- No se encuentra en casa. Debe de estar de viaje.
- Llámelo y pasémelo al teléfono de la salita azul.
Escasos segundos después, Laura respondió al auricular.
- Lo siento, señorita. Su padre está ausente. Pero tengo otra llamada para usted. Es un tal Mauri. - Sí, pasémelo. ¿Mauri?
- ¿Ya te has enterado, Laura? Tengo otro crimen en mi bar. Menos mal que éste no se ha muerto.
- Míralo por el lado bueno. Es la mejor promoción para esas medias lunas con fiambre que querías poner de tapita.
- Cuando Sanidad me dé el permiso para abrir, ya estaré jubilado…
- Mi padre tiene muchos contactos. Si hablo con él, seguro que te acelera las cosas. Además, así lo conoces. Quiero que sepa quién es mi mejor amigo.
- Estaré encantado de conocerle…

Natalia llegó al punto de encuentro acordado. Iba cubierta con la capucha de su abrigo. Hacía frío. Miró alrededor y, al fondo de la calle, descubrió la sombra que buscaba.
- ¿Chiqui? – preguntó al acercarse.
El subdirector de La verdad se giró hacia ella. Su gesto era serio.
- Esto es un error y lo sabes. Nadie puede vernos juntos - dijo él visiblemente molesto.
- ¡Todo es un error! Desde el principio, todo ha sido un error. Es hora de pararlo.
- No, Natalia. Estamos a punto de conseguirlo. No voy a permitir que todo lo que hemos hecho se venga abajo. Piensa en toda la gente que ha muerto por esto…
- Precisamente por eso. No quiero que muera nadie más.
Chiqui colocó sus manos sobre el hombro de la chica.
- Natalia. El día se acerca. Y nosotros estaremos allí…

Eva colgó el teléfono. Era la tercera llamada que Román le realizaba desde el interior de la fábrica de flores. De momento, según el fotógrafo, el edificio parecía completamente vacío. La chica salió del coche. Se sentía una completa inútil. Fuera sintió un tremendo frío. Su vestido era demasiado ligero. Se frotó los brazos para entrar en calor pero fue insuficiente, así que decidió buscar alguna manta en el vehículo del fotógrafo. Miró en el asiento trasero pero no la encontró, así que abrió el maletero. Encontró rápidamente la manta pero también una bolsa con ropa. Rebuscó en ella y tiró de una tela blanca. Sus temblores aumentaron al descubrir que aquella ropa era, en realidad, un traje largo con capucha, similar a los que había visto en la ceremonia sectaria de la fábrica de flores. Se quedó completamente aturdida. Pensó en huir pero se vio paralizada. En ese momento, el sonido de su teléfono la estremeció. Era Román. Su llamada volvía a indicarle que, dentro del edificio, las cosas seguían bien.

Ignacio hacía la comida cuando el timbre de su puerta sonó. Se asustó pero decidió abrir no sin antes cerciorarse de la identidad del visitante a través de la mirilla.
- ¡Eduardo! ¿Cómo tú por aquí?
- Bueno, ya que no te veo mucho por el periódico he venido a ver cómo estabas.
El fotógrafo entró en la casa y se acomodó en una de las sillas del salón.
- ¿Sólo has venido a ver cómo estaba? – dudó Ignacio.
- Bueno, en realidad, no. Sé lo del bebé. Eva y Román me lo contaron. Quiero que sepas que te podemos ayudar en lo que necesites.
Ignacio fijó su vista en Eduardo y comenzó a responder casi mecánicamente.
- Gracias.
- Román y Eva están ahora mismo investigando en una fábrica de flores donde vimos reunirse a una extraña secta. A mí me pidieron que viniera a verte. Eva está convencida de que la clave de todo la puede tener el master que hicistéis Marina, Jimena y tú…
- Ya.
- ¿Tú sabrías algo que todavía no nos hayas contado?
- No sé.
- Por ejemplo, ese profesor… ¿dónde está? ¿quién es?
- Perdóname, un momento, se me quema la comida.
Ignacio entró en la cocina. Dio varias vueltas muy nervioso por la estancia. Decidió abrir el cajón donde guardaba la carta que le había enviado Jimena y releyó uno de sus últimos párrafos. “En algún momento, alguien te preguntará por mi hijo y por el master que hicimos juntos. Querrá saber más de las flores y su secreto. No lo dudes. Quien sea, querrá matarte. Adelántate. No permitas que te haga daño a ti ni a mi hijo”.
Ignacio guardó la carta en el cajón, cogió el cuchillo más grande que tenía y salió de la cocina.

domingo, 4 de mayo de 2008

CAPÍTULO XV: LA HORA SEÑALADA

(En capítulos anteriores: Mauri organiza una fiesta de inauguración en La salamanquesa, donde reúne una gran cantidad de público. Entre ellos está Corrales, quien se avergüenza de su desliz con la comisaria. Pasar página no le resultará fácil porque Javier ha enseñado a Marta las imágenes del encuentro sexual. La chica golpea al policía y jura venganza. En la fiesta está también Eva, quien se mueve entre la reconciliación con Román, y la pasión que siente por ella Eduardo, aunque él no se decide a contárselo. Marina regresa a entregarle una flor a su hermana pero, tras un apagón , la chica ha aparecido muerta…)

Doblaron las campanas. Eva salió de la iglesia. Una lágrima escapó bajo sus negras gafas de sol. Laura la acompañaba y la sostenía por un brazo. Delante varios hombres, todos desconocidos, sostenían el ataúd que llevaba a su hermana. El coche fúnebre esperaba a las puertas.
- La odié hasta el último minuto de su vida – confesó Eva – No le di ni esa mínima concesión.
- No te lamentes por eso. Tú no sabías que iba a morir. Y ella te había hecho mucho daño.
- Justo antes de morir me entregó una rosa, una de esas rosas que llevaba Jimena… Me dijo que era muy importante… ¿Qué coño significa todo eso?
Laura recordó y decidió contarle la verdad a su amiga.
- Yo también tengo una de esas rosas. Mi padre me la dio…
- ¿Tu padre?
- ¿Crees que puede saber algo sobre todo lo que está pasando?
Eva quiso revelarle que el señor Chaflers había entrado en casa de Jimena. La periodista tenía fundadas sospechas de que el padre de Laura tenía la clave de muchos enigmas. Pero no se sintió con fuerzas para esa conversación.
- Prometo que no pararé hasta descubrir quién ha hecho todo esto. Al menos quiero darle a mi hermana el nombre de su asesino.
- Es bueno tener un objetivo en la vida.
- Es lo único que me queda. Estoy completamente sola.
- Bueno, al menos, tienes a un hombre que te quiere…
Eva pensó en Román.
- No tengo muy claro de si él puede llegar a querer a alguien.
- Por supuesto que sí. Se lo nota muchísimo. Se le cae la baba.
- Pensaba que cuando decías que estabas ciega, era en sentido figurado… Él es frío como un témpano…
- Qué va. Es un primor, te quiere a la legua. Tienes que darle una oportunidad. Es una buenísima persona.
- Pero, ¿tú le conoces acaso? No sabía ni que habíais intercambiado muchas palabras.
- ¿Con Eduardo? Pero si sabes de sobra que somos amigos…
- Pero, ¿qué me estás contando de Eduardo? ¿Qué tiene que ver él con esto?
- ¿De quién te voy a hablar si no es de él? Me dijo que ya te había contado lo enamorado que está de ti. Se desvive por hacerte feliz. Pero, ¿no te lo dijo en la fiesta?
Eva recordó entonces la tristeza en la mirada de Eduardo cuando le sorprendió junto a Román en el baño de La salamanquesa. Sintió que su vida se llenaba de complicaciones. La comisaria Alejandra la sacó de sus pensamientos.
- Siento mucho lo que ha pasado.
- ¿Qué quiere usted de mí? Ya nos tuvo retenidos cuatro horas en la fiesta junto al cadáver de mi hermana y ya me interrogó suficientemente, ¿no le parece?
- Teníamos que encontrar cualquier prueba que pudiese aclarar quién apuñaló a Marina…
- ¿Y ya sabe algo?
- De momento, no. Pero estamos trabajando en ello.
- No deben de estar trabajando demasiado bien cuando los asesinos cometen sus crímenes delante de sus narices y no son capaces de cogerles. Ahora, si me disculpa, voy a enterrar a mi hermana.
Eva se alejó. La preocupación de la comisaria aumentó. Realmente su gestión estaba resultando un fracaso. Durante un largo tiempo sus agentes habían registrado La salamanquesa palmo a palmo y cacheron e interrogaron a todos los asistentes a la fiesta. La autopsia había revelado que Marina había muerto de tres puñaladas, con un cuchillo muy similar al que había acabado con la vida de Jimena o La Toñi. Pero ninguno de los presentes portaba arma alguna. Sus declaraciones no permitieron aportar pista alguna, aunque Alejandra estaba convencida de que el asesino era uno de los asistentes a la fiesta. Ese avance en su investigación no había convencido a sus superiores, que le habían de dado de plazo un mes antes de forzar su traslado.

El entierro fue breve y sencillo. Laura se despidió de Eva y se marchó acompañada de Mauri. La subdirectora de El Madrugador se acercó a su coche. Román y Eduardo esperaban junto al vehículo. El corazón se le aceleró mientras se acercaba. Forzó una sonrisa para saludarles.
- Lo sentimos mucho – dijo Eduardo.
- De verdad. Todo lo que necesites… - añadió Román.
- En realidad, sí necesito algo. Sé que la clave del asesinato de mi hermana está en esta rosa – y entonces levantó la flor que llevaba en la mano. Tú, Román, estuviste en la fábrica de flores donde nosotros vimos aquella secta tan rara. Creo que ahí está el quid de todo esto. Y allí vimos a Natalia y a Chiqui Esteban. Ellos dos saben más de la cuenta.
- Recuerda que Carmen también acudió a ese sitio. Yo la fotografié entrando. Y fíjate cómo acabó la pobre. Puede ser peligroso… - le advirtió Román.
- Sé que esto es peligroso. Acabo de enterrar a mi hermana apuñalada.
- Lo siento, no quería…
- Perdona mi brusquedad. Pero no hay tiempo para remilgos. El asesino de mi hermana tiene que ver con esa secta y también con ese master que dieron en la universidad junto a Ignacio. Román, tú y yo, volveremos a la fábrica de flores esta misma noche a ver si sacamos algo en claro. Y tú, Eduardo, debes preguntarle a Ignacio todo lo que sepa sobre el profesor de ese master. Tengo serias sospechas de que él tiene muchas respuestas a todo.
Eduardo se quedó algo triste con la propuesta pero aceptó resignado. Se iba a marchar pero antes Eva le abrazó con fuerza. La chica se le acercó al oído y le susurró.
- Gracias por todo. Ya hablaremos.
Eva sonrió levemente y Eduardo le correpondió algo aturdido.

A esa hora la actividad en el interior del edificio de la fábrica de flores era muy intensa. Un centenar de personas bailaban acompasadas de una música frenética. Todos estaban cubiertos por una capa blanca y máscaras. Natalia trataba de reconocer una figura entre todas. Aprovechando la coreografía iba ganando puestos hacia delante, hasta que identificó a quien buscaba.
- Chiqui, tenemos que hablar… - murmuró sin perder los pasos que marcaban el baile…
- ¡Natalia! ¡Estás loca! No pueden vernos hablar…
- Es importante…
- Quedemos después de la ceremonia.
En ese momento, el portador de la gran máscara volvió a aparecer en el púplito.
- ¡¡¡El día se acerca!!! ¿Queréis vuestra rosa?
- ¡¡¡¡Sí!!!! - exlamaron todos.

Ignacio daba el biberón a Pedrito. El niño sonreía mientras bebía. Cuando terminó, le limpió con suavidad la barbilla y lo recostó en la cuna. Entonces sonó el timbre. Abrió la puerta. Era un mensajero.
- ¿Pedro?
- No.
- ¿Ignacio?
- Sí, soy yo.
- Es un paquete para Pedro e Ignacio. Firme aquí…
- ¿De quién es?
- De Jimena María Alcollante.

En La salamanquesa la comisaria Alejandra trataba de encontrar pistas que pudieran llevarle al asesino. El bar, clausurado desde el crimen, se había convertido para ella en una especie de refugio. Pasaba horas y horas examinando cada rincón para intentar encontrar algo que no sabía ni qué era ni si realmente existía. Era de noche. Tal era su desánimo que ni había encendido las lámparas del establecimiento. La única luz que entraba desde la gran cristalera exterior a pie de calle era la que aportaba una farola. Desde esa cristalera se asomó Corrales antes de entrar en el bar y comprobar que allí estaba la comisaria. Abrió la puerta.
- Me han dicho que estarías aquí. No deberías estar sola.
- ¿Y qué más da? ¿A alguien le importaría lo que a mí me pasara?
- A mí me importaría. No debes dejarte llevar por la desilusión.
- ¿Se sabe algo de Marta?
- Nada. Ni una pista. Acaban de darle el alta a Javier. El muy cabrón se pondrá bien…
- ¿Y el guardia que la custodiaba?
- Tiene para algún día más en el hospital pero también se pondrá bien. Marta les dio un buen golpe…
- Qué horror...
- Javier lo ha contado todo. Ha firmado hoy su declaración. Me han comunicado ya mi expediente sancionador. Me han bajado un grado y me trasladarán a una comisaría de Teruel. ¿Y a ti?
- Me han dado un mes para cerrar la investigación de los crímenes pero no deben de tener muchas esperanzas. Me han dicho que están buscándome sustituto. A mí me tienen ya una plaza en Huelva. Vuelvo a la oficina de denuncias.
- Siento lo que ha pasado.
- Hemos pagado nuestros pecados, ¿no?
- Lo siento, sobre todo, por Marta. Ahora anda vagando por ahí. Ha sufrido demasiado en la vida. No se lo merece.
Alejandra no pudo evitar dejarse llevar por la emoción y comenzó a llorar desconsoladamente. Corrales se dio cuenta de lo insensible que había sido con ella y corrió a abrazarla.
- Perdóname. No sé ni lo que digo...
- Pero, qué escena tan romántica.
La comisaria y Corrales se volvieron hacia la puerta. Acababa de entrar Marta. Llevaba una pistola en la mano. Apuntaba al que había sido su novio.
- No me esperaba menos de vosotros. Debe poneros hacerlo en el escenario de un crimen. Con una comisaría no es suficiente.
- Marta, no es lo que parece. Cometí un error. No hagas tú lo mismo – le rogó el chico.
- Me dan igual tus explicaciones. Confié en ti y me traicionaste. Ahora sé que estoy sola. Y vosotros pagareís por ello.
- No cometas una locura. Todavía estás a tiempo de reconducir tu vida. Tengo una pista fundamental sobre el paradero de tu sobrino. Ignacio, el director de El Madrugador, llevó a un pediatra a un bebé de la misma edad del hijo de Jimena. He investigado y ambos se conocían desde la facultad. Jimena debió de entregarle el pequeño a Ignacio antes de morir.
Los ojos de Marta derramaron algunas lágrimas.
- Mi niño – balbuceó ensimismada. La comisaría la sacó de su ensueño.
- Mátame, Marta. Dispárame. Yo soy la culpable de todo.
Marta la miró extrañada pero dirigó su arma sobre ella.
- Mátame. No lo pienses. Yo te he robado a quien tú querías…
- Pero, ¿qué dices? – protestó Corrales – No le hagas caso. Baja ese arma y ambos iremos a buscar a tu sobrino.
- Te puedo contar las cosas que hicimos y que no salen en esa cinta de vídeo. Lo que disfrutamos mientras tú esperabas en esa habitación… - insistió la comisaria.
Marta lloraba mientras colocaba su dedo en el gatillo.
- ¡Mátame! ¡Yo soy la que te ha quitado la felicidad!
- No le hagas caso. Se ha vuelto loca – rogó Corrales
Marta dudaba pero los gritos y proclamas de la comisaria se apoderaron de su mente.
- ¡Piensa en tu sobrino! - exclamó el chico.
- Ese niño está muerto. No le creas. Sólo quiere engañarte. Como te engañó conmigo. Mátame, mátame – pidió desesperada Alejandra. De pronto escuchó el disparo. Le dio tiempo a cerrar los ojos. Aguardó el impacto de la bala, esperó el dolor intenso pero no llegó. Abrió lentamente los ojos. Marta seguía apuntándole a ella pero quien había caído al suelo ensangrentado era Corrales. Las dos mujeres se miraron sin comprender lo que había sucedido hasta que ambas se giraron hacia la cristalera exterior del bar. Allí, bajo una lluvia intensa que acababa de iniciarse, Alejandro sonreía mientras sostenía el rifle con el que acababa de disparar a Corrales. Había cumplido el primero de sus objetivos.

lunes, 28 de abril de 2008

CAPÍTULO XIV: LA FIESTA TERMINÓ


(En capítulos anteriores: Marina, la hermana de Eva, ha regresado a la ciudad. La chica se reúne también con Román, al que le encargó realizar fotos de la entrada a la fábrica de flores, y con el señor Chaflers. Mauri y Laura preparan la inauguración de su renovado bar. Eva descubre que Ignacio protege al hijo de Jimena. Eva descubre que Jimena, Marina e Ignacio estudiaron juntos Biología. Marta desconoce el paradero de su sobrino y que Corrales le ha engañado con la comisaria pero Javier ya tiene la cinta de este encuentro amoroso. Mientras, Carmen desvela a Ignacio que fue Natalia quien le golpeó. Lo hace justo de sufrir una nueva crisis en el hospital…)

- ¿Se recuperará?
- No lo sabemos.
Ignacio miró desde la cristalera la cama de Carmen, donde la joven yacía. Su vida se agarraba a una sofisticada maquinaria médica.
- Durante varios minutos su corazón ha dejado de latir. Hemos intentado hacer lo posible pero algunos de sus órganos han podido dejar de funcionar en este tiempo. Tampoco sabemos cómo eso le ha podido afectar al cerebro. Si lograra despertar del coma, puede que haya sufrido daños irreversibles – le explicó el doctor – En realidad, es un milagro que siga viva…
- Es una campeona… - sonrió levemente.
- Usted estaba presente cuando le entró la crisis. Dice que abrió los ojos y habló, ¿no?
- Sí.
- ¿Y qué te dijo?
Natalia apareció justo detrás de Ignacio. El hombre se giró sorprendido.
- Eran palabras sueltas. No tenían mucho sentido – se apresuró a responder.
- Ojalá algún día se ponga bien. Tiene tantas cosas por decir… - suspiró ella.
El doctor se alejó y ambos permanecieron junto a la escalera.
- Pobrecilla. ¿Quién sabe lo que pasará por su mente ahora? – se compadeció Natalia.
Ignacio ya no contestó. En su cabeza resonaban aún las últimas palabras de Carmen. “Natalia es una asesina”.

En la redacción de El madrugador ya había llegado el último parte médico de Carmen, aunque sus trabajadores se afanaban a esa hora por ultimar las páginas. Laura le puso el tapón a su petaca y se levantó. Se situó en medio de uno de los pasillos centrales y habló en voz alta.
- ¡Atención! ¡Atención! Un momento de atención. Esta noche, cuando terminéis lo que estéis haciendo, tenéis una cita en La salamanquesa, un bar muy selecto que se inaugura esta noche por todo lo alto. Va a ser una fiesta de las que no se olvidan.
Apenas nadie levantó la vista de su ordenador. El discurso de Laura había pasado desapercibido.
- ¡Habrá barra libre! – insistió
Entonces todo el personal aplaudió y muchos se acercaron a preguntarle la dirección del local.
- Espero que yo también esté incluida en la lista.
Laura se giró y descubrió sorprendida que era Libertad, la ex becaria, quien estaba dejando sus cosas en su antigua mesa. Al verla, Eva se acercó indignada.
- ¡Eduardo, llama a seguridad! Que una rata ha entrado en el periódico.
El fotógrafo rió la ocurrencia de la subdirectora. Libertad también rio.
- De verdad, Eva, que me troncho contigo. No sé quién dice por ahí que no tienes ninguna gracia.
- Pero, ¿qué coño haces aquí? Eres una vetada. Ya te estás yendo por donde has venido.
- Pues, hija, a ver si os coordináis el director y tú. Ha sido Ignacio el que me ha contratado de nuevo. Perdona que no te haga mucho caso ahora. Es que tengo una exclusiva que publicar…
- Eres una pedazo de…
- Bueno, bueno… - medió Laura – Ya que Libertad parece que tiene el consentimiento del director, lo mejor es que nos llevemos bien todos. Por supuesto que debes venir a la fiesta. La salamanquesa está abierta a todo tipo de público.
- Pues deberiais prohibir el paso a perras… - se quejó Eva.
Libertad obvió su comentario y empezó a teclear en su nuevo puesto. Eva se marchó indignada. Eduardo la observó mientras se alejaba hasta que Laura le interrumpió en sus pensamientos.
- Toma. Que se te cae la baba… - dijo entregándole un pañuelo de papel.
El fotógrafo sonrió.
- ¿Ya se lo has dicho? ¿Le has dicho que la amas?
- No me atrevo.
- Aprovecha la fiesta. Cógela en un reservado y dile toda la verdad.

Corrales revisaba una a una las listas recabadas. Sobre su mesa se alzaba toda una montaña de papeles. Eran los registros de pediatras que habían atendido a recién nacidos en la ciudad en las últimas semanas. Ignoraba si podría conseguir algún dato interesante pero era la única vía que había encontrado para poder seguir investigando la desaparición del hijo de Jimena. Era su única manera de compensar el dolor que padecía Marta. En su mente permanecía también la noche pasada con Alejandra. Su conciencia le apremiaba a culminar su trabajo. Siguió descartando documentos hasta que uno le llamó la atención. Era de un pediatra del centro de la ciudad. Pero lo que le sorprendió no fue el nombre del médico, sino del solicitante de la revisión. Era Ignacio. Corrales se extrañó de que el director de El madrugador hubiese llevado a la consulta a un bebé, a pesar de que, según él creía, no tenía hijos.

Marta era ajena a la investigación iniciada por su novio. No salía de su habitación del hotel. Tenía miedo a Alejandro, aunque ya hacía tiempo que no se acordaba de su antigua pareja. Su obsesión era encontrar a su sobrino, la única familia que le quedaba. Un agente de policía custodiaba permanentemente su puerta. Por eso se extrañó que, de pronto, una voz desconocida le llamara a una hora en la que no esperaba visita alguna.
- Abra, por favor.
Observó por la mirilla. Su escolta estaba acompañado por otro policía. Abrió la puerta sin quitar el pestillo.
- No hay problema, señorita. Es un compañero de la comisaría.
Marta volvió a cerrar para quitar el pestillo y permitir la entrada del agente.
- Mi nombre es Javier y tengo algo que le puede interesar.
El policía llevaba en la mano una cinta de vídeo.

Libertad bailaba como poseída por una fuerza descontrolada. La fiesta de inauguración de La salamanquesa había resultado todo un éxito de convocatoria. Los brazos y piernas de la ex becaria se movían acompasados por la música, sin importarle chocar con muchos de los asistentes. Mauri no paraba de servir cócteles.
- ¡Esto está más concurrido que cuando La Toñi estrenó su disco de colombianas! – gritó a Laura intentado superar el volumen del bullicio.
- ¡Ella estaría muy contenta de volver a ver La salamanquesa como en sus mejores tiempos!
- ¡Cuando ella cantaba eso de “Qué dices del rocío, lo que yo tengo es el potorro to escocío” y esto se ponía como una feria!
Laura sonrió y se acercó al otro de la barra, donde Eduardo pedía una nueva copa.
- Un cubalibre, pog favoggg… - pidió en un claro tono embriagado.
- ¿Cuántas te has tomado ya?
- Siete cegveza, cuatgo gintonic, tges tequila y voy pog el cubalibge…
- Lo que tú tienes que hacer es dejarte de mariconadas, emborracharte un poco y decirle todas las verdades a la Eva. ¡Mira! Allí está.
La subdirectora acababa de entrar a la fiesta. Saludó a algunos compañeros del periódico y no tardó en encontrarse a Román.
- Por fin, has llegado. Era el momento de que entrara la belleza por esa puerta.
- Román, déjate de pamplinas.
- No sabes lo que me haces sentir…
- Sólo he venido a pasármelo bien…
- Pues no seas egoísta y comparte conmigo esa alegría.
En la otra esquina del bar, la comisaria Alejandra se tomaba la primera copa. Era su primera salida nocturna desde que había recalado en la ciudad. No paraba de mirar alrededor hasta que encontró lo que buscaba.
- ¡Corrales! ¡Has venido!
- Sí. Me dijiste que acudiera urgentemente a esta fiesta. ¿Has descubierto algo? ¿El asesino está aquí? ¿Sabes algo de Alejandro? ¿Y del hijo de Jimena?
- No. Sólo quería que tú y yo disfrutáramos de esta fiesta – la comisaria le guiñó el ojo divertida y le entregó la copa.
- Yo creo que tengo algo que puede interesarle, comisaria...
- A mí me interesa todo de ti pero llámame Alejandra.
- Alejandra. Yo quiero a mi novia. Lo del otro día fue un…
En ese momento, sonó una explosión. De un cañón que acababa de accionar Mauri salió una lluvia de confeti. Todo el público asistió entusiasmado al espectáculo. De pronto, la canción terminó y hasta que empezó la siguiente pasaron varios segundos. Fue durante ese minúsculo silencio cuando los tacones de Marina resonaron en la puerta. Muchas miradas se giraron hacia ella. Hubo un murmullo generalizado. Ella se apartó el pelo con la mano en un gesto que indignó a su hermana. La presencia de Marina hizo escapar a Eva hacia los lavabos. En su huida le cayeron varias lágrimas.

Otra lágrima, pero sólo una aunque más dolorosa, caía en ese momento de los ojos de Marta. Corrales y Alejandra se revolcaban sobre la mesa de la comisaria en su televisión. Marta se mantenía atenta a la pantalla sentada sobre la cama mientras Javier esperaba la reacción de la chica justo delante, en una silla de la mesa al lado de la pantalla. Ambos estaban solos en la habitación. La joven se levantó de pronto. El policía fue a apagar el monitor.
- Sé que es duro pero creía que era importante que usted supiera como se las gasta la nueva generación de mandos policiales que tenemos. Pero con esta cinta podemos colocarles en su sitio...
Marta buscaba algo en el armario. Javier pensó que estaría localizando un pañuelo de consuelo. Le dio la espalda a la chica para sacar la cinta del vídeo cuando sintió un tremendo golpe en la cabeza que le dejó inconsciente. Marta había dejado caer sobre él una enorme barra metálica que guardaba en el ropero. Registró al agente. Le cogió el arma y toda la munición. Fue hacia la puerta. Antes de salir, urdió un plan para engañar al escolta, aunque no era él la meta de su ira.

Román llamó a la puerta de varios baños hasta que encontró a Eva. Abrió la puerta sutilmente. La chica lloraba desconsolada.
- Pero, ¿qué te ha pasado?
- He visto como la has mirado. Como la mirabáis todos. ¿Sabes a lo que ha venido? A recordarme que es mejor que yo y que cuando quiera puede vencerme otra vez… ¡Para eso ha vuelto!
- No sé por qué ha regresado pero deja de pensar de una vez que es mejor que tú.
- Claro, tú eres el más indicado para decírmelo.
Eva salió y se asomó al espejo de los lavabos para recomponerse el maquillaje. Román la obligó a girarse.
- Marina fue un error en mi vida. Y sé que lo pagaré para siempre. Pero no permitiré que sufras más por mí o por ella. Tú eres mucho mejor. Íntegra, inteligente, valiente… y preciosa. Hoy más que nunca.
Eva volvió a llorar pero ya no por rabia. Las palabras del fotógrafo le habían emocionado. Él lo sabía. Ella también. Entonces Eva se rindió. Ambos acercaron sus labios y, cuando estaban a dos escasos milímetros, escucharon un ruido justo al lado. Era Eduardo. Tenía los ojos llorosos y, en su retina, la imagen clavada de la pareja abrazada y a punto de iniciar el camino a dejarse llevar por la pasión. Eduardo salió abrumado del baño. Eva miró a Román y enseguida corrió también fuera detrás del otro fotógrafo. Eduardo cruzó la fiesta como una exhalación. Pero Laura logró detenerle antes de que alcanzara la puerta.
- ¡Eduardo! ¿Ya se lo has dicho? ¿Le has dicho que la amas?
- Sí, sí… Claro que se lo he dicho – mintió abochornado.
En ese momento, Chiqui Esteban, que acababa de aparecer en la fiesta se cruzó entre ellos y los separó. El subdirector de La verdad entró directamente a la barra y cuando consiguió la copa movió la mirada por todo el establecimiento. Sus ojos se detuvieron en Libertad, quien continuaba bailando emocionada. Eva fue una de las muchas personas que chocó con su coreografía. Buscó a Eduardo pero no le encontró. Sin embargo, su hermana sí la encontró a ella.
- ¡Eva! Te estaba buscando. Tengo que decirte algo muy importante…
- No quiero saber nada de ti. Que seas familia mía no me obliga a quererte..
- No hay tiempo para reproches, Eva – Marina permanecía seria y con gesto de honda preocupación – Toma – añadió mientras le entregaba una rosa que acababa de sacar del bolso que portaba.
- ¿Qué significa esto? ¿Tú también con las dichosas flores? Estoy harta de…
- Es más importante de lo que crees – le rogó mientras le forzaba a coger la rosa de un rojo intenso - Escucha, lo que tienes que hacer es…
En ese momento, otro cañón de confeti estalló cerca de ellas. Todo el bar se llenó de pequeños fragmentos de colores. Libertad daba un giro sobre sí misma cuando tropezó bruscamente y chocó con varias personas que, a su vez, fueron cayendo sobre otras. El revuelo era enorme. Y entonces todas las luces se apagaron. Gritos y silbidos se mezclaron en medio de una total oscuridad. Eva sintió varios empujones. Notó que mucha gente se cruzaba delante y detrás de ella. Se asustó. Cuando la luz volvió todo parecía haber cambiado a su alrededor. El confeti ya estaba en el suelo. Allí yacía también su hermana. En medio de un charco de sangre.
- ¡Marina! ¡Marina!
Pero ella ya no le contestó.

miércoles, 23 de abril de 2008

CAPÍTULO XIII: AL OTRO LADO DEL HILO


(En capítulo anteriores: Eva descubre, a través de la orla encontrada en casa de Jimena, que Ignacio y su hermana Marina estaban en la misma clase universitaria que la fallecida. Cuando, junto a Román, va a exigirle explicaciones al director, Ignacio les revela que él cuida de Pedrito, el bebé de Jimena. Mientras, Carmen permanece hospitalizada tras la agresión sufrida en la fábrica de flores. Eduardo confiesa a Laura que ama a Eva y Corrales y la comisaria Alejandra se dejan llevar por la pasión…)


Román le hizo una carantoña al bebé. El pequeño pareció sonreír, aunque en seguida arrancó en un intenso llanto. Ignacio le cogió de la cuna y trató de calmarlo con un suave y acompasado balanceo. Pedrito balbuceó y se quedó dormido. Ignacio volvió a dejarle en la cuna y, con cuidado, la empujó hasta una habitación contigua. Cuando regresó al salón, Eva se puso seria.
- Creo que nos merecemos una explicación.
- Conocí a Jimena en la facultad. Entonces yo creía que era un hombre de ciencias. Me metí en Biología y no se me daba mal. Hice amistad pronto con ella. Era muy simpática y extrovertida. Todo lo contrario a mí. Hicimos pandilla y decidimos meternos juntos en un master en biología avanzada. Un día vino llorando a la facultad. Acababa de enterarse de la muerte de su madre. Fue la penúltima vez que la vi. Abandonó las clases y nunca más supe nada de ella hasta que la descubrí firmando en La verdad algunos artículos. Nos intercambiamos varios correos. Yo le reproché que no hubiese venido a verme y que estuviera escribiendo en otro periódico. Fue amable conmigo y nos enviamos mutuamente mensajes divertidos recordando los viejos tiempos.
- ¿Entonces no estudiaste Periodismo? – se interesó Román.
- Cuando se fue Jimena perdí el interés por la Bilogía y cambié de carrera…
- Pero, Román. ¿De verdad crees que eso importa ahora mismo? – se indignó Eva – Sigue. Dices que la penúltima vez que la viste fue el día de la muerte de su madre. ¿Y la última?
- Fue poco antes de que ella muriera. Llamó a mi puerta como vosotros. Y me la encontré. Venía con un bebé. Me dijo que se llamaba Pedrito y que era su hijo. Me pidió que no hiciera más preguntas. Sólo que le cuidara durante unos días. Me contó que tenía una misión muy importante. Yo le rogué que me dijera algo más. Y sólo me respondió que estaba en peligro la vida de mucha gente. A los pocos días apareció muerta en un callejón.
- ¿Cómo has podido vivir entre tantas mentiras todo este tiempo? Yo siempre he confiado en ti – protestó la subdirectora.
- Le prometí que nunca le diría a nadie el paradero del niño.
- ¿Y mi hermana? También estudió con vosotros. Sale en la orla.
- Los tres formábamos esa pandilla. Los tres éramos los favoritos del profesor de Biología avanzada, aunque, por supuesto, Jimena era la más destacada. Eso no le gustaba demasiado a Marina, la verdad…
- ¿Mi hermana envidiando a alguien? No me lo creo – ironizó Eva.
- Marina quería formar parte de un proyecto que preparaba el profesor pero eligió a Jimena.
- ¿Sobre qué iba ese proyecto?
- Sobre flores. Jimena era una experta en flores. Durante el master aprendimos a cultivarlas y a estudiar su evolución genética.
- ¿Cómo se llamaba ese profesor? – se atrevió a preguntar Román.
Ignacio iba a contestar pero, de pronto, sonó el teléfono.
- ¿Diga? – respondió el director. Su rostro reflejó una honda tristeza. Colgó abatido – Era del hospital. Carmen ha entrado en coma.

Corrales entró con sigilo en la habitación del hotel donde vivía con Marta. Estaba oscuro y en silencio. Trató de no hacer ruido para no despertar a la chica. Era muy tarde. Había pasado demasiadas horas en el despacho de la comisaria. De pronto la luz se encendió.
- ¿Ahora llegas?- le dijo Marta desperezándose desde la cama. Era ella quien había encendido la lámpara de la mesa de noche.
- Estaba… trabajando – improvisó.
- ¿Has podido saber algo del bebé?
- He hecho una lista con todos los pediatras de la ciudad. Mañana comenzaremos a preguntar a los que hayan atendido a recién nacidos en los últimos días. Será un trabajo duro pero lo conseguiremos… - dijo mientras se sentaba al pie de la cama.
Marta se acercó a su lado y la abrazó.
- Gracias. Estos días no te estoy tratando muy bien pero es que estoy muy afectada por todo lo que nos está pasando…
Él le devolvió un beso. Y ella reforzó su abrazo.
- Eres el hombre más bueno del mundo. Tengo suerte de tenerte…
Corrales sonrió levemente. Después se levantó para ir al cuarto de baño y su sonrisa se borró al mirarse al espejo.

Libertad guardaba las últimas cosas en el bolso. Como era habitual, era la última que quedaba en la redacción. Aunque hoy, extrañamente, el subdirector permanecía en el despacho. Trató de marcharse sin despedirse pero no lo consiguió. Chiqui Esteban salió del despacho.
- Libertad, ¿ya te vas?
- Sí. Es la una y media de la madrugada. O paro las máquinas o ya no tengo nada que hacer aquí.
- No me gustan tus contestaciones. He leído tu crónica sobre la paliza a Carmen, la redactora de El madrugador. Está pobre de datos y apenas incides en detalles claves. Me decepcionas.
Libertad prefirió no contestar y fue a llamar al ascensor.
- Es una falta de educación dejar a alguien con la palabra en la boca. Y más si es tu jefe. Se puede interpretar como una falta de una subordinada.
-Sinceramente, creo que me parto los cuernos suficientemente en esta redacción como para tener que recibir charletas a las tantas.
-Ten cuidado, Libertad. Con un chasquido de dedos estás en la calle.
-Ten cuidado tú, Chiqui Esteban. Un chasquido de dedos y estás en comisaría declarando como sospechoso por el asesinato de Jimena María Alcollante.
- ¿De qué hablas?
Las puertas del ascensor se abrieron.
- Mañana no me esperes aquí. Vuelvo a El madrugador y con una exclusiva que hará temblar los cimientos del periodismo.
Chiqui Esteban iba a responderle pero las puertas del ascensor se cerraron. Aún así decidió hablar en voz alta.
- Eso es lo que tú te has creído.

Laura llegó a La salamanquesa. Había recibido una llamada de Mauri. Cuando entró en el bar comprobó que el establecimiento había sufrido un profundo cambio. Las cortinas rojas y las paredes de papel de flores habían sido transformadas gracias a una moderna decoración de espacios acristalados y luces azuladas. El camarero le sonrió al verla y le entregó una copa. Ambos brindaron y bebieron un primer sorbo.
- Pfffffaaaa – escupió la chica - ¿Qué es esto?
- Es pacharán.
- No puedo. Soy alérgica.
- Lo siento. No sabía…
- Bueno, y todo este cambio… ¿qué ha pasado?
- No podía trabajar aquí si todo seguía igual. Los recuerdos eran demasiado fuertes. Así que he decidido transformarlo en un nuevo bar más moderno y selecto. Quiero darle glamour y estilo a esta ciudad.
- La Toñi se pondría muy contenta de que retomes el trabajo.
- Diría aquello de… Qué me gusta mi trabajo, cuánto más grande sea el…
- ¿La echas de menos?
- Cada día. Ella ponía salsa de albóndigas en nuestras vidas.
- Sabes una cosa… Deberías hacer una fiesta de inauguración por todo lo alto. E invitar a un montón de periodistas de todos los medios para que te saquen y le hagan publicidad. Convertiremos La salamanquesa en un bareto de referencia. Te ayudaré a organizarla. Invitaremos a todos mis amigos y compañeros.
Mauri agradeció el entusiasmo de Laura con un fuerte abrazo.
- Gracias Laura. Sin ti no sé qué habría hecho con mi vida…
- Te mereces todos los éxitos. Brindemos de nuevo. Pero, por favor, ponme algo que no sea tóxico para mi cuerpo.

Román condujo con su moto por varias calles hasta que alcanzó la casa de Eva. Un camino que había hecho muchas veces. La chica se bajó del vehículo y comenzó a alejarse sin despedirse.
- No veas como te agarras. Tus dedos se me han marcado en la cintura.
La chica respiró profundamente antes de volverse.
- Sabes que siempre me han dado miedo las motos. Lo que debí clavarte eran las uñas.
- Sí, nena, eso me gusta…
- Eres un cerdo repugnante.
- Estaba bromeando. Reconoce que hoy lo hemos pasado bien. Hemos avanzado mucho en la investigación. Sabemos qué ha sido del hijo de Jimena. Aunque no lo podamos publicar, siempre manejamos la mejor información. Deberíamos trabajar juntos.
- No sé, Román… Me lo pensaré, ¿vale?
- Guau. Tengo una oportunidad… Mucho más de lo que tenía ayer… ¿Y si me invitas a tu casa a tomar algo?
- No estoy tan desesperada.
- Tenía que intentarlo, ¿no?
Román le guiñó un ojo a la chica, arrancó con el pie la moto y se alejó con un fuerte eco dejado por el tubo de escape. Eva se quedó mirándole hasta que sonó su teléfono móvil. Era Eduardo. Iba a cogerlo cuando decidió dejarlo sonar. No tenía más ganas de conversaciones. Había sido un día demasiado duro. Su mente daba demasiadas vueltas a todo. Al otro lado, Eduardo esperó sin éxito una contestación. Suspiró resignado. Tenía tantas cosas que decir que no se atrevía. Dejó el teléfono a un lado y miró la foto que tenía delante. Era ella. Eva sonreía en una imagen que le había robado un día en la redacción.

En la comisaría Javier acababa su turno. Guardó el uniforme en la taquilla y se disponía a salir cuando un compañero le saludó.
- Joder y luego dicen que los polis no trabajan – dijo el colega.
- ¿Por qué lo dices?
- Tú saliendo a las tantas cuando no estás de guardia y la comisaria y el nuevo de homicidios acaban de salir del despacho.
- ¿A estas horas?
- Sí. Deben de estar pagando las horas extras a precio de oro porque si no, no me explico.
El agente se alejó y Javier estaba a punto de abandonar la comisaría cuando en su mente se cruzó una idea. Volvió a entrar y caminó decidido por los pasillos. Entró en una de las salas. Un policía dormía profundamente recostado en su sillón. Una decena de monitores en blanco y negro estaban colgados en la pared central.
- Aquí ponen una bomba y ni te enteras, pringado.
El agente se despertó sobresaltado.
- Uy, eh, bueno, he echado una cabezadita.
- Oye, ¿estos monitores controlan todas las habitaciones de la comisaría?
- Sí, claro, son las cámaras de seguridad.
- Pues vete a dar un paseíto que tengo interés por una cosita.
- No me está permitido…
- Hagamos un pacto. Yo no digo que tú te pasas las horas de trabajo roncando y tú no cuentas nada de mi presencia por aquí.
El otro policía asintió resignado y abandonó la sala. Javier tardó algunos minutos en controlar la mesa que dirigía los monitores pero, cuando lo hizo, fue directo a lo que buscaba. Las grabaciones en el despacho de la comisaria le ofrecieron imágenes más impactantes incluso de lo que esperaba. Sonrió complacido.
- Se te acabó el chollo, comisaria.

Ignacio y Natalia miraban con preocupación hacia la cama en la que dormía Carmen. Los médicos les habían dejado entrar tras comprobar que su estado era estable. Ya llevaba varias horas en coma. Nadie en el hospital se atrevía a dar un pronóstico. Sólo el pitido intermitente de la máquina permitía comprobar que seguía viva.
- Es mi mejor amiga – le confesó Natalia.
- Siento mucho todo lo que ha pasado. Si le ocurriera algo, jamás sabríamos qué fue lo que le sucedió.
- Sería horrible – suspiró ella – Carmen no se merece esto.
- Nadie se merece algo así.
Hubo una larga pausa.
- Voy a por agua. ¿Quieres que te traiga algo? – le preguntó Natalia.
- Sí, un café solo. Gracias.
La chica abandonó la sala e Ignacio y Carmen se quedaron solos. El director cogió la mano de la redactora. Estaba fría. Sintió una enorme pena e impotencia. De pronto, notó una presión en su mano. Los ojos de Carmen se abrieron de par en par y el ritmo acompasado de la máquina se aceleró vertiginosamente. Ella se revolvió varias veces y su mirada se fijó de pronto en Ignacio. Habló atropelladamente pero el hombre la entendió a la perfección.
- ¡Fue Natalia! ¡Natalia me intentó matar! ¡Es una asesina! ¡Natalia…!
Una lágrima recorrió el rostro de la joven. Los intermitentes pitidos se cortaron en seco y se convirtieron en un zumbido constante. Carmen ya había cerrado los ojos cuando los médicos entraron y apartaron bruscamente a Ignacio. Gritaban conceptos técnicos que él no entendía. Trataban de reanimarla pero Carmen no respondía a esos intentos. Ignacio salió de la habitación profundamente afectado. No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando, a su espalda, oyó un brusco golpe. El café y el agua que traía Natalia en una bandeja se habían caído al suelo. Ella también lloraba tras descubrir a los doctores en su lucha desesperada y aparentemente inútil por salvar la vida de Carmen.

domingo, 20 de abril de 2008

CAPÍTULO XII: EL LLANTO DE UN NIÑO

(En capítulos anteriores: Carmen entró en el edificio del polígono industrial en busca de Ignacio y Natalia pero fue atacada. Es Ignacio quien la encuentra moribunda entre las marismas. La comisaria y Corrales acuerdan con Eva y sus amigos colaborar juntos en la investigación del asesinato de Jimena pero es la subdirectora de La verdad la que encuentra una orla universitaria de la fallecida, que le aporta una clave fundamental. Laura ignora que su padre, el señor Chaflers, conocía a Jimena. El hombre está más preocupado por salvar a su hija, en cuya almohada deja una misteriosa rosa…)

Primero un pitido. Después otro. E inmediatamente otro. El sonido marcaba el ritmo del corazón de Carmen.
- ¿Se pondrá bien? – le preguntó Ignacio al doctor.
- Tiene afectado el pulmón y el hígado. No son daños irreversibles pero los golpes han sido muy fuertes. Habrá que esperar. Las próximas horas son fundamentales.
- ¿Qué le ha podido pasar?
- Hay que aguardar a las pruebas pero por los moratones y las heridas, creo que, simplemente, le han dado una paliza.
El médico se alejó de Ignacio. El director de El madrugador se mordió las uñas nervioso. No tenía claro qué debía hacer. De pronto, detrás de él, apareció Natalia.
- ¡Me acabo de enterar! Díos mío, ¿qué le ha pasado? ¿Se va a morir?
- No sabemos nada, Natalia – le respondió. La chica se abrazó a él desconsolada y él le pasó la mano por el pelo para calmarla.
La comisaria Alejandra apareció al fondo del pasillo acompañada del agente Javier.
- Natalia, he de hablar con la policía. Quédate aquí por si hay alguna novedad. ¿No te importa?
- No, claro que no. Yo cuidaré de Carmen.

Laura llegó al periódico. La noticia de la hospitalización de Carmen había llegado ya a la redacción. Eva estaba muy nerviosa. Colgó el teléfono airada.
- ¿Dónde coño estás? – maldijo tras no obtener la respuesta esperada al otro lado.
- ¿A quién buscas? – le preguntó con curiosidad Laura.
Eva se percató entonces de que su ira era palpable.
- No pasa nada. Estoy buscando a alguien que se resiste a ser encontrada. ¿Sabes si Ignacio volverá por la redacción? ¿Te han dicho algo?
- No lo sé. Por lo visto, Natalia acaba de llamar y ha dicho que le está interrogando la policía.
- Tengo que ir a verle – dijo levantándose y llevándose el bolso al hombro.
- Oye, yo no es por incordiar. Pero, ¿este periódico quién lo hace? Porque aquí la gente con la excusa de las investigaciones y las visitas médicas no hace más que escaquearse.
Eva cogió un montón de papeles acumulados que tenía en la mesa.
- Aquí tienes la maqueta de diez páginas y documentación. Para que veas que confío en tus posibilidades periodísticas –le ordenó la subdirectora. Le dejó los papeles y se marchó.

Marta miraba por la ventana de su habitación. Corrales la esperaba en la mesa.
- Se va a enfriar, Marta. Vente.Te he preparado tu plato favorito.
- ¿Crees que será rubio o moreno?
- ¿Cómo?
- El niño. ¿Sabes? Yo creo que es un niño. Cuando lo encontremos, ¿qué nombre le pondremos?
- Marta, nadie sabe dónde está ese bebé. Ni siquiera sabemos si está vivo.
- Me prometiste que lo encontrarías. Es lo único que me queda de mi familia. ¡Todos se mueren! Mi madre, mi hermana…Pero este niño no. No puede morir… - musitó mientras caía de rodillas llorando.
Corrales se levantó a tranquilizarla pero la chica le rechazó.
- No vas a encontrarle si te quedas todo el día en casa.
- Quiero que estemos juntos para que tú estés bien.
- Si quieres que esté bien, sal fuera y búscale.
El chico dudó por un momento pero, al final, accedió y abandonó la habitación del hotel. Afuera, un agente de policía custodiaba la puerta. Corrales se despidió de él sin ganas, avergonzado porque su conversación había podido ser perfectamente escuchada.

- Les he contado todo lo que sé.
- Así que nos tenemos que creer que usted iba por la carretera cuando casualmente se encuentra con una de sus redactoras medio muerta entre las marismas.
Ignacio hizo caso omiso al comentario de Javier. La comisaria Alejandra había permanecido en silencio durante todo el relato del director de El madrugador. Entonces se dispuso a hablar.
- Cuando me dijeron que me trasladaban a esta ciudad, algunos compañeros me felicitaron. Una localidad pequeña, casa con vistas a la playa, tiempo apacible. Un chollo, me dijeron. Apenas llevo dos meses y tengo ya dos crímenes, un loco suelto, una mujer apaleada que aparece entre las marismas… Y en todo lo que pasa hay algún periodista de por medio.
- Señora comisaria, esta ciudad nunca ha sido fácil, aunque es cierto que, desde que está usted, no paran de suceder cosas – aportó Javier.
- Pero, ¿a ti quién coño te ha preguntado? Anda y vete a traernos dos cafés.
El agente se apartó abrumado y Alejandra e Ignacio se quedaron a solas.
- Yo no tengo nada que ver con lo que le ha pasado a Carmen – se atrevió a resumir el director.
- Le creo. Pero, dígame una cosa. ¿Usted cree que esto tiene relación con las muertes de Jimena y La Toñi?
Ignacio dudó durante un momento y entonces decidió mentir.
- Lo ignoro totalmente.

Eduardo se acercó a Laura. Frente a la pantalla de ordenador, la chica tecleaba frenéticamente.
- ¿Cómo vas? Te he traído las fotos que me pediste. ¡Ah! Y lo que te decía. Que la máquina no da caipirinhas.
- De verdad, no puedo con tantas cosas. Éste es mi quinto artículo. Y me quedan otros ocho.
El fotógrafo la cogió de la mano y la obligó a acompañarle. Cruzaron toda la redacción. Él abrió una puerta y después otra y, finalmente, salieron a la terraza.
- Respira fuerte, Laura – le animó.
La chica le obedeció y sonrió ampliamente mientras el aire fresco le acariciaba la cara.
- Ahora ya puedes volver a trabajar.
- Gracias, Eduardo. Eres muy bueno conmigo.
- Te lo mereces.
Entonces Laura tomó valor y se acercó a él para besarle pero Eduardo se apartó.
- No puedo – se justificó él.
- Lo siento, pensé que… Qué vergüenza.
- No es culpa tuya – se disculpó Eduardo. Parecía que iba a decir algo pero se calló.
- ¿Todavía estás enamorado de Jimena?
- No. A Jimena ya la he olvidado…
- Es Eva, ¿no? He visto como la miras.
- ¿Se me nota?
- Claro. Lo que no sabía es que era tan fuerte.
- Yo soy de los que aman con intensidad. Demasiada, quizás.
- Nunca se ama demasiado, Eduardo. ¿Y se lo has dicho?
- ¿Cómo se lo voy a decir? ¿Para qué? Ella pasa de mí.
- Nunca lo sabrás si no lo intentas. Haz una cosa. Cierra los ojos.
- ¿Para qué?
- Tú hazme caso. Cierra los ojos.
Eduardo cerró los ojos.
- Ahora respira fuerte.
Eduardo respiró fuerte.
- Abre los ojos.
Eduardo abrió los ojos y miró a Laura.
- Ahora, sal ahí fuera y búscala. Díselo.

Ignacio se disponía a abandonar el hospital cuando escuchó un revuelo al fondo del pasillo. Identificó a Libertad que estaba enfrentándose a varias enfermeras que le recriminaban su actitud.
- ¡Aquí no se puede hacer fotos!
- Esto es un país libre. Me acoge el derecho a la libertad de expresión.
El director se acercó.
- Yo me encargo de ella.
Cogió a la redactora por un brazo y la sacó a las escaleras.
- Eres una carroñera.
- Todo lo aprendí en tu periódico. La gente quiere saber qué le ha pasado a Carmen. Y tú me enseñaste a buscar la noticia en el lugar de los hechos.
- Todos los consejos que te pudimos dar tú los has convertido en excusas para hacer basura. No se puede ser periodista y tan mala persona.
- ¿Pero qué sabrás tú de mí? Si no te interesa nada más que tú. Había días en que me extrañaba que saliera el periódico. Eres un flojo y un inútil. Sólo preocupado por tus cosas. Y lo peor es que nadie sabe cuáles son tus cosas. Pero todo el mundo especula. Un hombre tan solo, sin novia, que se marcha de repente de la redacción sin explicar nada…
- ¿En qué te has convertido?
- En la próxima directora de El madrugador.
- No me hagas reír. Aquí no tienes nada que rascar. Así que vete.
- Tengo una carta de Jimena. Una carta que implica a Chiqui Esteban. Quizás a ti no te importe pero los editores se quedarían muy extrañados de saber que su joven y prometedor director no ha publicado una carta que puede hundir a su principal rival mediático. A lo mejor empezarían a cuestionarte y a fijarse en una brillante y talentosa periodista, capaz de dejarse la piel en busca de una exclusiva. Una verdadera periodista.
- ¿Qué dice esa carta? – preguntó Ignacio con voz temblorosa.
- Veo que empezamos a hablar en el mismo idioma.

Alejandra llegó a la comisaría. Se sentó en el sillón de su despacho. Trató de relajar su mente. Encendió la radio y una melodía clásica comenzó a sonar. Se quitó la chaqueta del uniforme y se deshizo de los zapatos. De pronto, la puerta se abrió y se asustó.
- Perdona, pensaba que no había nadie. He visto luz y he venido a apagarla – se disculpó Corrales.
- No pasa nada. Estaba tratando de descansar. Hay veces que estoy más relajada en este despacho que en casa. Una deformación más de este maldito oficio. ¿Y qué haces tan tarde aquí?
- Estaba tratando de buscar alguna pista sobre el bebé. He pedido listas de pediatras para saber cuántos han atendido a un recién nacido en los últimos días pero tengo trabajo para semanas.
- No te preocupes. Seguro que pronto sabremos algo…
- ¿Puede preguntarte algo, comisaria?
- Claro, pero prefiero que me llames Alejandra.
- Cuando Marta te contó todo lo que había sufrido con Alejandro, tú le dijiste que la entendías.
- Dejémoslo en que los hombres no han sido muy buenos conmigo.
- Algunos somos buenos.
- No lo dudo.
Los dos se miraron y permanecieron quietos y en silencio durante varios segundos. Después ambos, al unísono, se abalanzaron el uno sobre el otro.

Natalia dormía en uno de los sofás de la sala de espera del hospital hasta que notó que alguien la zarandeaba violentamente.
- ¿Dónde está, Ignacio? – le gritó Eva.
- Me haces daño. Se ha marchado a casa.
Eva salió corriendo por el pasillo pero Natalia le protestó en voz alta.
- ¡Carmen se mantiene estable! ¡Gracias por tu interés!
La subdirectora la ignoró. Aguardó nerviosa la llegada de un ascensor pero cuando se abrieron las puertas se encontró con una presencia inesperada.
- ¡Román! ¿Por qué me sigues? Después de una bofetada, lo próximo es una patada en los...
- No sabía que estabas aquí. He venido a ver a Carmen.
- ¿También te la has tirado?
- Vives del rencor y eso no es bueno. Resulta que yo la vi hace poco entrando en un sitio extraño. He leído que estuvo varios días desaparecida antes de que Ignacio la encontrara en la marisma. El día que desapareció fue el día que yo la vi entrar en aquel lugar…
- ¿Qué lugar?
- Un edificio en el polígono industrial
Eva se sobrecogió.
- ¿La fábrica de flores?
- Sí. ¿Cómo lo sabes?
- ¿Y qué coño hacías tú allí?
- Pues te va a resultar raro. Alguien me contrató para hacer fotos de la gente que entraba allí. Yo acepté sin saber que la persona que me pagaba era Marina.
- ¿Marina? He estado buscando a mi hermana todo el día. Todo empieza a encajar. ¿Sabes dónde está?
- No he hablado con ella ni la he vuelto a ver desde aquel día.
- ¿Sigues teniendo tu moto?
- Claro.
- Pues por una vez me vas a servir de algo. Llévame a casa de Ignacio.
La moto de Román cruzó la ciudad en unos minutos. Eva se agarró a la cintura del chico y recordó los viajes que ambos habían realizado tantas veces. Aquello fue mucho antes de que se estropeara todo. La moto se detuvo y la periodista recompuso su mente.
- Quédate aquí – le pidió ella.
- Una mierda. Estamos juntos en esto.
El fotógrafo tomó la iniciativa y aprovechó la salida de una vecina para acceder al edificio donde vivía Ignacio. Eva le siguió. Ambos subieron en ascensor, cruzaron un pasillo con varias puertas y se plantaron frente a una blindada de color blanco. Eva llamó al timbre. Escucharon unos pasos y el sonido de la mirilla. Ignacio entreabrió la puerta.
- ¿Qué hacéis aquí?
Román empujó la puerta y los dos entraron en la casa. El director se sobresaltó.
- ¿Qué hacéis? ¿Os habéis vuelto locos?
- Loca me voy a volver entre tantas mentiras. Pero es hora de que empiecen a salir las verdades. ¿Por qué me ocultaste que conocías a Jimena?
- ¿Qué? Yo no… - Ignacio titubeó.
- Lo sé todo. Tengo la orla. Sé que estudiasteis juntos biología. Ambos estabais en la misma clase e hicisteis el mismo master. Salís en las fotos. Y en esa clase estaba también mi hermana Marina. De ella ya no me sorprende de nada. Pero, ¿de ti? De ti no me esperaba esto. ¿Qué tienes que ver con la muerte de Jimena?
- ¿Eres el asesino? – se atrevió a preguntar Román.
De pronto, al fondo del pasillo, un extraño sonido hizo callar a todos. Era el llanto de un niño. Con absoluta tranquilidad, Ignacio abandonó el salón y se metió en una de las habitaciones. Tardó medio minuto y, a su regreso, portaba un bebé entre sus brazos. Eva y Román se miraron atónitos. Ignacio respondió sin necesidad de escuchar la pregunta.
- Se llama Pedrito. Es el hijo de Jimena.

sábado, 19 de abril de 2008


Tras una breve ausencia SOSPECHAS DE UNA NOTICIA volverá este lunes con un intenso y emocionante capítulo cargado de sorpresas. ¿Qué hará Libertad con la carta de Jimena? ¿Logrará sobreponerse Carmen a las heridas que ha sufrido? ¿Qué ha encontrado Eva en la orla de la fallecida? ¿Qué pasará entre Corrales y la comisaria? ¿Dónde está Alejandro? ¿Por qué el señor Chaflers le ha regalado una rosa a su hija? ¿Quién se esconde tras la gran máscara? ¿Qué nueva frase de La Toñi perdudará para siempre? Algunas de estas preguntas serán contestadas en el nuevo capítulo en el que podemos adelantar que habrá sexo, mentiras y la aparición de un nuevo y esperadísimo personaje cuyo nombre empieza por P...

martes, 8 de abril de 2008

CAPÍTULO XI: UNA ROSA EN LA ALMOHADA


(En capítulo anteriores: Libertad ha descubierto una carta de Jimena, oculta en el despacho de Chiqui Esteban. Marina, la hermana de Eva, ha regresado aunque su vuelta ha provocado una ola de sensaciones encontradas. La última cita de la chica es con el señor Chaflers al que le conmina a que se detenga en sus planes pero el hombre se resiste. La subdirectora de El Madrugador tiene otras preocupaciones porque, cuando acude junto a Laura, Eduardo y Mauri, a casa de Jimena es sorprendida por la comisaria Alejandra y Corrales que les apuntan con sus armas. Natalia sigue preocupada por la extraña desaparición de Carmen)

Querido Chiqui: Ahora que miro hacia atrás me doy cuenta de lo mucho que me has ayudado. Y, aunque te parezca doloroso, ha sido precisamente este recuerdo tan amable de tu bondad y tu amor una de las principales razones que me han hecho recapacitar y cambiar de opinión. No me siento una salvadora ni una arrepentida. Sólo alguien que quiere hacer las cosas bien después de haberlas hecho mal. Creo que aún estamos a tiempo. Y, aunque no fuera así, al menos quiero irme con la sensación de haberlo intentado. No me busques estos días. Si todo sale bien, seré yo quien te encuentre y te daré una sorpresa. Te pondrás muy contento. Entonces te cogeré de la mano y como tú hiciste aquella vez te diré que no te preocupes, que todo a partir de ahora va a ir muy bien. Deja de luchar por una rosa y lucha por tenerlas todas. Con todo el cariño que te puedo dar en estas circunstancias, Jimena.
Libertad terminó de leer la carta. La llevó a la fotocopiadora que el subdirector de La verdad tenía en su despacho y luego cerró cuidadosamente el original para colocarlo tras el cuadro del que se había desprendido. Después abandonó sigilosamente la habitación. Se sentó ante su ordenador pero fue incapaz de escribir. En su mente circulaban centenares de preguntas por aquella misiva que Jimena escribió un mes antes de morir.

Eva levantó las manos. Las pistolas de Alejandra y Corrales apuntaban ahora sólo hacia ella.
- Ahora me vais a explicar tranquilamente vosotros cuatro qué hacéis en la casa de una mujer asesinada. Y espero que seais muy convincentes si no queréis dormir esta noche en los calabozos – avisó la comisaria.
- No creo que podamos explicar nada tranquilamente mientras nos sigáis apuntando con esas armas – le respondió Eva.
Corrales bajó la pistola pero Alejandra mantuvo la posición.
- Aquí quien da órdenes soy yo.
- Sólo estamos investigando el crimen de Jimena. Hemos venido a recabar más datos – se apresuró a contestar Laura.
- Son periodistas. Trabajan en El Madrugador conmigo – le aclaró Corrales.
- ¡Mierda de periodistas metomentodos! ¡Os creeís con derecho a entrar en todos sitios! Pues se os va a caer el pelo – se mostró airada Alejandra mientras bajaba el arma. Eva dirigió su mirada al que creía que era el jefe de edición de su periódico.
- ¿Y tú qué tienes que ver con todo esto?
- La verdad es que no soy fotógrafo, Eva. Soy policía, jefe de la unidad central de homicidios. También estoy investigando la muerte de Jimena – respondió Corrales.
- ¡Lo sabía! Tus fotos no tenían técnica ninguna – exclamó Eduardo felizmente.
Corrales le apuntó con su arma pero Alejandra le ordenó bajarla. La comisaria se sentó en una mesa y, con su mirada, ordenó a todos a sentarse alrededor de ella.
- Bueno, veo que todos estamos aquí para lo mismo. Así que lo mejor es que compartamos la información que tenemos con la condición de que nada de lo que diga aquí pueda ser publicado.
Eva extendió su brazo pero cuando estrechó la mano a la comisaria en señal de pacto, la periodista intervino:
- Ahora no diremos nada pero quiero la exclusiva en cuanto se cierre la investigación.
Alejandra asintió resignada. Durante media ahora los dos grupos intercambiaron información. Eva le relató el hallazgo de las flores en casa de Jimena aunque omitió la presencia de Chaflers en la vivienda. También la aparición del extraordinario expediente académico de la chica y el master de biología avanzada. La comisaria aportó sus últimos avances y reveló el parto de la asesinada. Eva y los demás simularon sorpresa ante la policía aunque ya conocían ese dato.
- En la casa todavía deben quedar pistas. ¡Busquemos! – se animó Eva.
La comisaria iba a protestar pero se sintó sobrepasada por la evolución de los acontecimientos.
- De acuerdo pero no quiero que nadie saque nada de esta casa sin mi supervisión. No hace falta que os diga que habéis hecho allanamiento de morada y os puedo meter en la cárcel en menos que canta un gallo.

El edificio del polígono industrial parecía desde el exterior inactivo. Pero dentro los cánticos resonaban con inusual fuerza.
- ¡Hossana! – cantaban todos los asistentes cubiertos con capucha.
La música retumbaba entre las paredes y el eco de los aplausos acompasados movía las llamas de los dos grandes cirios que custodiaban el trono principal. Entonces el hombre con la máscara de grandes dimensiones salió tras la cortina, se situó frente al atril y se dirigió a los presentes.
- Las noventa rosas ya están cortadas. ¿Las queréis? – exclamó.
- ¡¡¡Sí!!! – respondieron al unísono.
- El gran día está más cerca. Queda muy poco. ¿Estáis preparados?
- ¡¡¡Sí!!!
- Es hora de empezar de nuevo
La música subió de volumen y todos cantaron con gran intensidad. Natalia lloraba de emoción entre el público aunque sus lágrimas estaban ocultas por la capucha. Ahora más que nunca estaba convencida de la importancia de su decisión.

Mientras en casa de Jimena todos buscaban datos cruciales que pudieran dar pistas sobre la investigación, Marta permanecía sentada junto a la ventana. Mauri se le acercó.
- ¿En qué piensas? – curioseó el camarero.
- Pienso en ese bebé. En mi sobrino. Y en lo rara que es la vida. No lo conozco de nada, no lo he visto nunca, pero le quiero.
- La Toñi también decía eso. No hace falta verlo, para meterlo.
- ¿Cómo?
Alejandra y Corrales revisaban juntos unas carpetas que el policía había encontrado en una cajonera. La comisaria trataba de alzar su cabeza por encima del hombro del chico para comprobar el contenido de los papeles. Sus intentos eran casi inútiles. Se acercó tanto que cuando Corrales giró la cabeza levemente, sus labios y los de Alejandra quedaron a escasos milímetros. Pasaron unos segundos que a la comisaria le parecieron eternos. Fue él quien se movió primero.
- ¿Querías ver algo? – dijo Corrales para romper el incómodo silencio.
- Pues… sí… eeeh… ¿Qué son esos papeles?
- Son facturas. Ropa, algún mueble… Nada importante, en principio…
Alejandra se separó prudencialmente y, sin intercambiar palabra, cogió un puñado de documentos y se puso a revisarlos sin levantar la mirada. Laura, mientras, estaba en la cocina. Eduardo entró.
- ¿Quieres algo? – se interesó la chica – Estaba preparándome…
- Qué va. Yo no bebo tan temprano…
- Me estaba haciendo una menta poleo.
- Tampoco, gracias.
- Me he cansado de buscar. La verdad me da un poco de apuro registrarle a una mujer muerta todas sus cosas. Cuando mi madre murió, no me atreví a tocar nada. Ni siquiera su armario. Y eso que tenía unas blusas monísimas…
- Murió de cáncer, ¿no?
Laura no respondió y sus ojos se nublaron. Eduardo reaccionó rápido.
- Lo siento, no quería importunarte. Soy un metepatas.
- No pasa nada. Lo que ocurre es que nunca he hablado de mi madre con nadie. Eres el primero que me pregunta.
- Lo leí en un reportaje sobre tu padre en El madrugador.
- Sí, una de esas entrevistas pagadas para hacer publicidad. Él lo pasó muy mal. Antes éramos una familia pero desde que mi madre se fue, él se volcó en su trabajo, como si alejarse de mí le sirviera para olvidar más rápido. Le echo mucho de menos.
- ¿Le conoces realmente? – preguntó intigrado Eduardo.
- Es un hombre bueno, incapaz de hacer mal.
Eduardo iba a insistir pero se dio cuenta de que si seguía hablando podría acabar desvelándose que el señor Chaflers había estado en esa misma casa pocos días antes. Ajena a todas las miradas, Eva proseguía su rastreo en el dormitorio de Jimena. Revisó los lugares más habituales pero pensó que la chica podría haber sido más rebuscada. Tuvo en cuenta que llevaba meses ocultando su embarazo. También quizás escondía algo entre esas paredes. Revisó el ropero, probó suerte tras las cuadros, giró la mesa de noche pero no fue hasta que se agachó bajo la cama cuando vio un libro entre el colchón y el somier. Lo retiró con cuidado. Era una orla universitaria. Buscó rápidamente entre el profesorado pero no había ningún maestro de Biología avanzada. Luego revisó los alumnos. Un suspiro salió de su boca y después inmediatamente llegó otro. Su corazó latió tan rápidamente que tuvo que respirar profundamente antes de decidir qué iba a hacer. Ocultó el libro entre sus ropas, salió del dormitorio, buscó una excusa rápida y abandonó la casa. Se dirigió con urgencia a la redacción de El madrugador. Aparcó como pudo e iba a entrar en el edificio cuando una voz familiar le detuvo.
- ¡Eva!
- ¿Román? ¿Qué haces aquí?
- Quería hablar contigo. He visto a tu hermana…
- De verdad, Román, que ahora no puedo ni quiero hablar contigo…
- Sé que me odias y me lo merezco…
- Estoy muy ocupada – se excusó amagando con irse.
- El regreso de Marina me ha hecho pensar en nosotros, en todo lo que vivimos. No sabes lo que todavía despiertas en mí...
- Mira, Román. Si lo que me estás intentando es convencer de que te contratemos en el periódico, no lo vas a conseguir. Lo pensé mucho pero mi hermana me ha refrescado la memoria…
- No busco trabajo. Te busco a ti.
- Tienes frases solemnes más bonitas. Estás perdiendo fuelle.
- ¿Qué tengo que hacer para convencerte de que no he podido olvidarte?
- Inventar una máquina del tiempo. Retroceder al día en que te metiste en mi cama con mi hermana y a mí se me ocurrió salir antes del trabajo para darte una sorpresa. Volver al día en que me hiciste sentir como una auténtica mierda, al día en que todavía me podía creer todo eso que me dices ahora. Regresar a ese día con tu máquina del tiempo y borrarlo todo. ¿Puedes hacerlo?
- No puedo borrar lo que hice pero puedo hacer que lo borre tu memoria con nuevos recuerdos – le susurró mientras la cogía por la cintura y aproximaba su boca hacia la de ella. El momento fue roto por una sonora bofetada.
- Ni se te ocurra volver a tocarme, ¿vale?
- Sé que aún me quieres. Estás temblando.
- Tengo demasiadas cosas importantes que hacer hoy como para perder un minuto más de mi vida contigo – le dijo alejándose.
- Tratas de autoconvencerte de que no pero yo sé que sí – gritó para ganar a la distancia con ella - ¡¡¡¡Yo sé que me amas!!!! – insistió. Un hombre que pasaba a su lado le miró extrañado.

Ignacio conducía de regreso a la ciudad. La carretera dejaba a un lado la playa y al otro un campo seco entre marismas. Venía escuchando la radio cuando la vio a lo lejos. Se movía torpemente entre los charcos rodeados de matojos amarillentos por el intenso sol. Paró en seco. Se bajó del coche y se acercó a ella con precaución. No fue hasta tenerla a escasos metros cuando la reconoció.
- ¿Carmen? ¿Qué haces aquí?
La chica parecía herida. Tenía la cara ensangrentada, numerosas magulladoras, las ropas llenas de agujeros y andaba con enorme dificultad. Ignacio corrió a abrazarla antes de que se desplomara.
- ¿Qué te han hecho?
Carmen le miró con una leve separación entre los párpados. Antes de cerrarlos del todo, le preguntó.
- ¿Quién eres?

El día de búsqueda de documentos en la vivienda de Jimena había terminado. Cada uno se fue a su casa. Anacleto abrió la puerta a Laura. Ella se duchó, se puso un pijama y se acostó. Era medianoche cuando su padre entró a oscuras en la habitación.
- ¡Laura! ¡Laura! – la llamó a media voz con un suave zarandeo para despertarla.
- ¡Papá! ¿Qué ocurre?
- Es muy importante, hija.
Encendió la luz y la chica vio al señor Chaflers portando una llamativa flor.
- Tienes que prometerme una cosa. Llevarás siempre contigo esta rosa a partir de ahora. Puedes cortarle parte del tallo y meterla en el bolso, o llevarla en la mano pero es importante que no te separes nunca de ella. ¡Nunca! Prométemelo.
- Pero, ¿para qué?
- No te puedo decir nada pero me lo tienes que prometer.
- Esto es muy raro…
- Es muy importante.
- Vale, te lo prometo.
- También me tienes que prometer que llevarás siempre el móvil encendido para que yo te encuentre fácilmente.
- Te lo prometo.
- Gracias, Laura. Te juro que algún día te lo explicaré todo – El señor Chaflers dejó la rosa en la almohada y, con una suave caricia, recostó la cabeza de su hija junto a la flor.
- Me voy a pinchar con las espinas - le alertó ella.
- Todavía no – y entonces apartó la rosa a la mesa de noche.